El 28 de febrero de 1998, en plena Fecha 10 del torneo Verano 98, el Club Deportivo Guadalajara protagonizó uno de los episodios más insólitos del futbol mexicano: disputó un partido oficial con camisetas improvisadas ante Tiburones Rojos de Veracruz, en el antiguo Estadio Luis “Pirata” Fuente. Lo que parecía un encuentro más del calendario terminó convirtiéndose en una anécdota histórica marcada por un error logístico.

El problema se originó antes del silbatazo inicial. Chivas olvidó empacar su uniforme alternativo para el viaje al puerto y, al coincidir los colores rojiblancos con la indumentaria local de Veracruz, el árbitro Arturo Brizio determinó que el visitante debía cambiar de indumentaria para evitar confusiones. El reglamento era claro: si existía similitud, el equipo visitante debía modificar su uniforme. Pero Guadalajara no tenía cómo hacerlo.

La solución fue tan improvisada como insólita. El equipo rojiblanco saltó al campo con playeras tipo polo que formaban parte de la ropa de concentración, sin números en la espalda. Para cumplir con el requisito mínimo de identificación, los dorsales se mantuvieron únicamente en los shorts. No era un uniforme registrado oficialmente para competencia, pero fue la única alternativa viable para que el partido pudiera disputarse sin suspenderse.

En lo deportivo, la anécdota no pesó. El equipo dirigido por Ricardo Ferretti resolvió el compromiso con autoridad y se impuso 2-0 como visitante. Los goles fueron obra de Paulo César Chávez y Gustavo Nápoles, en un plantel que también contaba con nombres como Ramón Ramírez, Alberto Coyote y Claudio Suárez. Del lado jarocho, el arquero colombiano René Higuita era una de las principales figuras de aquel Veracruz.

Aunque Chivas no tuvo un torneo destacado y terminó fuera de la liguilla en ese Verano 98, aquella victoria quedó grabada por su singularidad estética y logística. Más que por los puntos, el partido pasó a la memoria colectiva como el día en que el Guadalajara dejó en casa su uniforme… y aun así ganó.